AZKENIK: LEHEN ZATIA

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(Arg.: Oriol Clavera)

Mugalari, 2007/06/23

¿De que hablan los cuentos de su último libro?

Hablan de las emociones propias de una edad en la que estás atrapado entre tres frentes: el tener padres mayores, el tener hijos pequeños, y el tener bastante tiempo de pareja como para saber que las parejas no funcionan. En este marco existencial, hay cuentos que hablan de eso, de las emociones que produce este paisaje y cuentos sugeridos que no necesariamente hablan de eso. También hay algunos que hablan del propio oficio de escritor. Resumiendo, hay una mezcla de cuentos existenciales, biográficos (o parabiográficos) y de cuentos artesanales, de reflexión de la artesanía de la escritura, que a su vez son biográficos porque forman parte de mi oficio.   

Una de las características principales es la brevedad de los cuentos, son mínimos, no les sobra ni un gramo de grasa. Que el libro se lea en una hora, ¿es bueno, o no tanto? 

La brevedad, en este caso, era una exigencia. Hay películas que duran una hora y cuarto, y otras que duran cinco horas. Esta tenía que durar una hora y cuarto. Pero fíjate que es una brevedad falsa, una brevedad más bien densa. Creo que no es conveniente dar mucha densidad y mucho formato, a medida que la densidad aumenta el formato tiene que reducirse. Es el sistema de la píldora. Algunos cuentos son muy densos, muy intensos y por tanto el formato que mejor les va es la brevedad máxima. Al ser una suma de brevedades me parece que el resultado es una especie de recital, de obra de teatro o de una película que se puede ver en hora y cuarto. Esto es premeditado. El libro no es, como a veces pasa, una suma de los cuentos que tienes en el cajón, sino que está pensado en conjunto, como una especie de recital, de canciones tristes. 

Quizá el cuento que mejor refleja lo que está diciendo es el cuento de “El pozo” que, aunque no llegue a las dos páginas, su lectura puede ser interminable.  

Sí, “El pozo” además de la brevedad y la densidad, es el primero que escribí, es decir, es el que puso en marcha el resto. Hasta que no lo tuve escrito, no sabia que tenia que hacer este libro. Y cuando lo escribí dije, quiero hacer un libro que vaya por aquí. Por tanto, es especialmente fundamental. Plantea una situación, digamos, de angustia, de angustia existencial, pero también hay una crítica a las promesas de la felicidad, hay ironía y una cierta perplejidad hacia la realidad, hacia la vida. Estos elementos me gustaron: el poder utilizar una imagen muy gráfica y muy absurda, el poder reflexionar de manera, entre comillas, filosófica y el introducir algún elemento de ironía. 

Son cuentos además que, si me permites la expresión, se asemejan mucho a un poema, es decir, a cada nueva lectura aprecias nuevos matices.  

Sí, sí. Soy un persistente lector de poesía, pero tengo la sensación de que a mí lo que me molesta de la poesía es el formato, no el contenido. Me gusta que la poesía pueda tratar cosas que no son argumentos: sensaciones, emociones, y que con eso baste para hacer un poema. En estos cuentos, a veces, no hay argumento y se acercan a la prosa poética. Lo que pasa es que “prosa poética” tampoco me gusta porque es una manera enfática de decir “prosa”, y entonces puede ser que donde me siento más cómodo es en un término medio entre la poesía y la narrativa convencional. Este territorio es para mí muy interesante. “El pozo” y otros cuentos van por aquí, son poemas encubiertos. 

Delacroix siempre decía que hay dos cosas que la experiencia enseña: la primera es que hay que corregir mucho; la segunda que no hay que corregir demasiado. ¿Dónde esta el límite?  

Hay un límite, pero es muy intuitivo. A veces pecas de corregir demasiado, a veces de corregir demasiado poco y a veces aciertas. Yo utilizo bastante el modelo artesanal, como la persona que hace guitarras: sabe lo que es una guitarra y sabe el momento en que la guitarra está. Si le das este valor más artesanal, es más fácil saber lo que quieres y estás más cerca de lo que quieres. Cuando lo ves, dices “ya está”. Pero sí que tienes que ser capaz de insistir en pulir, en limar en su máxima expresión, sin caer en la tentación de lucirte más de la cuenta. Tenemos tendencia a querer hacerlo estupendo y eso es lo que la corrección evita. Muchas veces cambias cosas, pero muchas veces no, de manera que la corrección es una forma persistente de lectura, es un control de calidad. Hay una mezcla de corrección y revisión, no toda corrección es física, no afecta físicamente en el cuento. A veces simplemente te da elementos que son importantes para otros cuentos.  

¿Era consciente de, al mismo tiempo, estar haciendo un retrato (bastante despiadado por cierto) de su generación?  

Los sociólogos americanos la llaman sandwich generation, porque estamos atrapados entre la responsabilidad de los hijos, que todavía son muy pequeños, y la responsabilidad de los padres, que ya son muy mayores. No hay una voluntad si quieres de discurso, pero si que son cuentos descriptivos. Trabajo con lo que tengo alrededor: cuando tenía 25 años hablaba de que iba a muchas fiestas y a muchas bodas, a los 30 de que iba a muchos hospitales a ver nacer y a los 40 ya comienzas a hablar de ir a entierros de padres de amigos, empiezas a ir a ayudar a amigos a trasladar muebles porque se separan. Es la realidad que me toca vivir a mí y a los míos. Son relatos biográficos encubiertos: hablo de la muerte de mis padres, pero los tengo vivos. Pienso que el día que se mueran, ¿seré capaz de hablar de ello? Por eso hablo antes y escribo que me da mucho miedo que se mueran.  

¿Encuentra correcto que haya reído con sus cuentos? 

Sí, claro. Pienso que todo aquello que nos destruye, es al mismo tiempo lo que nos hace vivir y que por tanto es imprescindible partir de la idea de que todo es absolutamente absurdo. A mí eso me hace reír. En el libro hay una gran comicidad trágica, que no es primaria, de explosión, sino que viene del razonamiento: tú razonas sobre una situación y en la manera de describirla se pone en marcha un mecanismo de liberación. La única manera de entender, es burlarse. Yo parto de que ni la familia, ni la pareja, ni los criterios de la sociedad tienen ningún sentido y para mí eso es una garantía, me preocuparía que tuvieran sentido. Mientras sea absurdo, vamos bien. Creo que la ironía lo que hace es crear un territorio muy cómodo para el que lo escribe y para el que lo lee, no es ningún sermón moralista. Fíjate que los cuentos son como una buena canción triste, no te deprimen. Al contrario, te reconfortan. 

Todas las críticas que he leído de su libro han sido favorables, cuando no elogiosas. ¿Cuanto caso les hace a las críticas?

Este es el octavo libro que he publicado y con la crítica tengo la suerte de haber pasado por todas las posibilidades, desde el libro del que todo el mundo habla mal, el libro en el que hay luces y sombras, al libro que todo el mundo se pone de acuerdo para decir que es fabuloso. En todo caso, creo que una crítica tiene que ser útil. Elogiosa o no, pero útil, para mí y para el lector. Si no hay un razonamiento y una argumentación, no me sirven de nada. Por supuesto, me gustan más que sean elogiosas, como mínimo no te crean problemas. Una crítica muy dura, en cambio, te puede amargar dos o tres horas.  

(JARRAITUKO DU)

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”AZKENIK: LEHEN ZATIA” istorioak iruzkin 1 du.

  1. Ene Eme-(r)en iritzia:

    Ai… norbaitek lerdea ken diezadala. Hori da hori galderei erantzutea! Eta galderak ere oso egokiak (boing, boing, boing… jeje). Horrelako zenbat elkarrizketa behar ditu munduak! Momentuz, bigarren zatiaren zain.

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