
Peixotorenak.
Mugalari, 07/12/29.
Con apenas 23 años recibió el Premio Jóvenes Creadores de Portugal. Hoy, José Luís Peixoto (Galveias, 1974) es uno de los valores más firmes de la literatura portuguesa contemporánea. Acaba de publicar en castellano “Cementerio de pianos” (El Aleph), novela basada en la figura del corredor de maratón Francisco Lázaro.
Al igual que en
la Biblia, el personaje de Lázaro parece resucitar en esta novela: el mismo día en que muere nace su hijo, hecho que se repite en la siguiente generación. Tanta similitud entre las historias puede llegar a desconcertar al lector, pero no importa, lo que cuenta es, según Peixoto, seguir adelante con la lectura: “la razón no es el único camino para entender las cosas”.
¿Por qué esta repetición de historias?
Desde el punto de vista de lo cotidiano, de las pequeñas historias personales, he querido contar la historia de una familia en la que se van mezclando las generaciones y sus historias se repiten de alguna manera, son circulares. Esta circularidad es, desde mi punto de vista, la manera que uno tiene de crear la eternidad, porque las historias se repiten en un círculo infinito. Los temas del libro no sé si son eternos o inmutables, pero creo que son temas que siguen intrigando a la gente, desde siempre, y creo que continuará así. Son preguntas que no tienen una respuesta definitiva.
¿Plantea una especie de inmortalidad?
Para mí lo más importante son las cuestiones humanas, y la inmortalidad, aunque sea un tema que invita a lo exotérico y a lo trascendente, la veo desde un punto de vista muy humano: el ser humano no puede vivir sólo, se completa con lo que da, con lo que enseña, con lo que deja en los demás. Ahí están los lazos familiares, por ejemplo. Pasa lo mismo con las piezas de los pianos que no se pueden arreglar, pero que sirven para arreglar otros pianos que pueden así seguir viviendo. Lo mismo sucede, en cierto modo, con las personas. Woody Allen dijo: “yo no quiero ser inmortal a través de mis películas, yo quiero ser inmortal”. Sinceramente, no creo en esa clase de inmortalidad. Todo tiene un fin y no por eso la vida tiene que ser triste. Es parte de la naturaleza. Todas las cosas empiezan y terminan, y tener esa conciencia incluso ayuda a vivir mejor, a aprovechar mejor lo que uno tiene, a tener conciencia de la importancia que tiene estar vivo.
Francisco Lázaro es uno de los dos narradores de la novela. El otro es su padre: Francisco Lázaro.
Sí, e incluso los dos relatos se confunden. Empiezan separados, definidos, y después la idea fue que se mezclaran y que las historias de uno tuvieran continuación en las del otro y que el lector se preguntara a sí mismo si al final el padre es el padre del hijo o si el hijo es el padre del padre o si son la misma persona. Esta idea está relacionada con la continuidad entre padres e hijos. Cuando la gente me dice que se ha perdido durante la lectura del libro les contesto que lo importante es que sigan leyendo, porque no todo tiene que tener un sentido identificable. A veces, yo también he intentado que la lectura sea impresionista, que el lector pueda reconocer los personajes, pero sin la obsesión de saberlo todo.
Al margen de la prosa convencional, “Cementerio de pianos” es una narración aparentemente caótica donde el lector tendrá que trabajar para reconstruir todas las piezas. ¿Busca un lector activo para sus novelas?
Busco un lector activo, sobre todo porque creo que las cosas que cuestan un trabajo después se valoran más. La lectura exige un trabajo siempre: todos los lectores tienen que crear las imágenes, los rostros de los personajes dentro de sí mismos. Yo intento, dentro de los límites que creo razonables, crear ese trabajo para que la lectura sea una experiencia. Hemingway decía que cuando escribía tenía el objetivo de que el lector entendiera la lectura como una experiencia de su vida, como algo que había vivido. Yo también tengo esa ambición, escribir para que la lectura envuelva al lector. Además, no tengo intención de dar directrices o respuestas sobre ciertas cuestiones, sino plantearlas para que uno tenga su propia convicción. Es importante que cada persona tenga su opinión y su propia idea para vivir mejor y tener una mejor conciencia de su vida.
Ha publicado narrativa, poesía, teatro, pero siempre con una voluntad de transgredir géneros. Este libro es un ejemplo.
En Portugal hay una influencia muy grande de la poesía, incluso en los narradores, y eso tiene mucho que ver con la gran tradición de poetas portugueses y que hoy todavía están muy presentes. Empecé escribiendo poesía y siempre he mantenido, aún en la prosa, algunas de las ambiciones que uno tiene al escribir poesía: encontrar esa palabra justa para decir lo que se quiere decir en el momento preciso. Es verdad que a veces un adjetivo de más en una novela se siente menos que en un poema de cinco líneas, pero creo que el objetivo tiene que ser que la novela de 200 páginas no tenga ese adjetivo de más. Al mismo tiempo, a mí me cuesta mucho definir los géneros de mis libros. “Cementerio de pianos” lo escribí como una novela y lo veo como una novela, pero hay otros libros, por ejemplo “Te me moriste” (Ere, 2004), que no sabría cómo definirlos: no es una novela ni son relatos. Tampoco me angustia mucho, la verdad. La forma es indisociable al sentido: el sentido tiene una forma, la forma tiene un sentido, y solo se separan a veces mucho por comodidad interpretativa. La novela es algo que me interesa porque veo que tiene muchas posibilidades. Se habla mucho de la muerte de la novela pero para mí es un género que todavía tiene muchas posibilidades.
Portugal ha sido un país de grandes escritores. Desde la perspectiva de un escritor joven, ¿cómo ve la literatura portuguesa contemporánea?
En mi opinión, la literatura portuguesa actual está pasando por un momento muy bueno. Por un lado, están los escritores de mi generación, que empiezan a ganar espacio. Aunque las estéticas sean muy variadas (cosa que me parece muy saludable) hay un aspecto histórico que nos unifica: todos hemos nacido después de
la Revolución del 74 y, por tanto, no hemos padecido la dictadura. Eso supone mucha diferencia en oposición a las generaciones anteriores. Creo que este hecho da una definición muy interesante de nuestra generación. Al mismo tiempo están las generaciones mayores, que hoy en día también se diversifican mucho en función de todos los caminos que ha tomado la literatura y la cantidad de cánones que fueron derrumbados durante los años 80.
¿Cuales son las referencias literarias de su generación?
Muchas. En la poesía es imposible escaparse a Fernando Pessoa. Es una figura que marca todo el siglo XX, toda la poesía que fue escrita después de él. Pero incluso en la prosa es importante, muchas novelas lo mencionan, como por ejemplo “El año de la muerte de Ricardo Reis”, de José Saramago. Pero además, hoy en día, los que son más conocidos internacionalmente son al mismo tiempo los que tienen un papel más influyente en lo que se escribe: el propio Saramago, que sigue publicando con mucha lucidez, o Antonio Lobo Antunes, que es un autor que en Portugal tiene muchos seguidores, incluso a nivel de estilo, ya que posee un estilo muy personal y que se reconoce muy bien cuándo es una influencia fuerte. Pero hay muchos más. En la poesía hay gran cantidad de nombres, muchos quizás no muy conocidos, que tienen una gran importancia: Eugenio de Andrade, Sophia de Mello Breyner, Helberto Helder, Ruy Belo, Miguel Torga…
En palabras de José Saramago, usted es “la promesa de un gran escritor”. Ha escrito una decena de libro hasta la fecha, ¿cuándo deja uno de ser una promesa?
No lo sé, yo no he prometido nada a nadie (ríe). Me honra una frase como esa, porque admiro mucho la obra de Saramago y porque es el premio Nobel de la lengua portuguesa. Pero yo tengo que escribir sin mirar a esas cosas, porque creo que no podría escribir preocupado por lo que dicen. La idea del lector, sea quien sea, debe estar implícita cuando uno escribe algo, y más sabiendo que va a publicarlo. No me gusta mentirme a mí mismo e ignorar a los otros, pero tampoco se puede escribir pensando concretamente en esa persona o grupo de personas que te van a leer, porque sino el libro pierde su eje. Eso luego se nota y no llega a nadie.
En nuestro país es conocido por su novela “Nadie nos mira” (Hiru, 2001), traducida por Bego Montorio. ¿Qué ha cambiado en su escritura desde entonces?
A mí me gustaría pensar que hay una evolución a nivel de escritura, y que hoy tengo criterios más firmes, aunque “Nadie nos mira” es todavía hoy un libro que me gusta y en el que creo. Diría que “Cementerio de pianos” es un poquito más optimista. Una novela tiene que crear un mundo, y ese mundo tiene que tener algún tipo de sentido, aunque ese sentido sea paradójicamente, la contradicción o la incoherencia. En “Nadie nos mira” el mundo que quise crear es más desilusionante, también porque habla de una región del sur de Portugal, el Alentejo, que es una región muy abatida, con muchos problemas y donde la desilusión gana terreno. Pero en “Cementerio de pianos”, aunque hable de una vida difícil, he intentado dar un algo más de esperanza: unos mueren pero hay otros que llegan. Para mí esa es la diferencia esencial, pero seguro que hay muchas más.